Todos hemos sentido esa sensación en nuestro estómago cuando no hemos comido o bebido agua. Es como un hueco en nuestro interior que viene acompañado de un peculiar gruñido. Tal vez nuca se nos ha ocurrido comparar los aspectos relacionados a tener hambre o sed natural con el hambre por Dios sin embargo, el Salmista nos ha dejado algunas ideas al respecto.

 

 "Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?" Salmo 42:1-2 

 

El tipo de deseo descrito en el salmo 42, es el tipo de apetito que todos debemos tener. No es algo inusual que está reservado sólo para unas pocas personas; el estado normal de un cristiano es tener sed y hambre de Dios. El hambre espiritual parece venir naturalmente cuando damos nuestras vidas a Cristo por primera vez. Cuando experimentamos la salvación, queremos asistir a reuniones de oración, escuchar alabanzas, leer libros sobre temas espirituales, asistir a conferencias, etc. 

 

Queremos usar cada minuto libre para estar con Dios y alimentarnos de Él. Sabemos cómo funciona el proceso de tener hambre. Nuestros cuerpos fueron diseñados para requerir nutrición, por lo que es normal que tengamos hambre a la hora de comer, a menos que nuestro apetito haya sido suprimido por una enfermedad o satisfecho por algo que comimos antes de pasar a la mesa. 

 

Funciona de la misma manera en el reino espiritual. Fuimos creados para la comunión con Dios, pero si no lo deseamos, o hemos permitido que otras cosas tomen el lugar de Dios en nuestras vidas, nuestro apetito disminuye. Cuando eso sucede, no buscamos a Dios con la misma pasión que normalmente lo haríamos. 

 

La verdad central en el tema es que Dios tiene un banquete preparado para nosotros, pero no tendremos apetito si nos hemos sentido satisfechos con algo más. Muchos de nosotros cometemos el error de llenarnos de comida chatarra, cosas que aparentemente son buenas, pero disminuyen el hambre por Dios. Por lo tanto, lo importante hoy es preguntarse ¿Cómo permanecer continuamente hambriento por Dios? Primeramente, debemos darnos cuenta que solo Dios puede satisfacernos. Cualquier cosa fuera de Dios, sólo traerá placer pasajero. Por eso la Biblia dice: 

 

"No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre."(1 Juan 2: 15-17). 

 

En segundo lugar, debemos entender que en la comida, degustar significa que ponemos comida en nuestra boca para experimentar su naturaleza, el sabor, la textura y la composición. En las cosas espirituales, "degustación" significa algo similar: experimentar la naturaleza de Dios. Y al igual que con una comida deliciosa, cada "sabor" en el Espíritu hace que queramos más. Cualquiera que sea la experiencia que hayamos tenido con Dios, sabemos que lo hemos probado, y tal encuentro se convierte en un catalizador para una búsqueda aún más apasionada. 

 

Finalmente, no debemos olvidar que, en la mayoría de los casos, el hambre produce acción. Por ejemplo, si alguien tiene hambre, irá a buscar algo de inmediato. De la misma manera, debemos estar hambrientos por las cosas de Dios y accionar inmediatamente. Como cristianos, no deberíamos estar satisfechos con solo vivir nuestras vidas. Deberíamos estar tan hambrientos de Dios que nos motivemos para actuar por lo tanto, nuestra hambre por Dios debería provocar el deseo en nosotros para estar conectados con el Señor todo el tiempo.