Cuando una persona hace la oración de fe e invita a Jesús a vivir dentro de su corazón, experimenta una serie de sucesos. Cada uno de ellos, son el comienzo de una revolución interna que al que cabo de un tiempo, muestran externamente el fruto de haber decidido entregar su vida al Señor.

 

Una de las primeras cosas que suceden dentro de nosotros, es que encontramos la paz interna, es decir, dejamos de preocuparnos por todo lo que no podemos controlar. Reducimos la velocidad de nuestro caminar en la vida, empezamos a confiar en nosotros y en los demás. Sabemos que nuestro corazón está en un lugar seguro, y encontramos consuelo al saber que Dios nunca nos dejará. Nos damos cuenta de que hemos estado confiando en cosas o en las personas equivocadas y en lugar de sentirnos confundidos tratando de entender el mundo, encontramos calma y paz.

 

Dar nuestro corazón a Dios marca el principio de una nueva vida, un nuevo propósito, un nuevo sentido de uno mismo. Significa hacer a un lado nuestras preocupaciones, día tras día, para confiar en su guía. Significa que no tenemos que temer por lo que sucederá. Sabemos que no importa lo que pase, bueno o malo, Dios nos cuida y nos lleva a donde se supone que debemos estar. Dios ha prometido protegernos y fortalecernos en su palabra.

 

Como resultado de entregarle nuestro corazón a Jesús, comenzamos a ver a las posesiones como algo que no define nuestro valor. Se arraiga dentro de nosotros la idea de valorar las relaciones que nos edifican, incluyendo la relación con nosotros mismo. Comenzamos a ver el valor de nuestra personalidad, y el impacto en la forma en que amamos y nos conectamos con los demás. Nuestra felicidad no se basa en lo bien que nos ha ido en la vida, sino en permitir que Su propósito de lleve a cabo en nosotros. Por tal razón, todo lo que Él nos proporciona, nos deja una sensación de satisfacción.

 

Habrá días en los que tengamos la sensación de retroceso. Pero cuando recibimos a Dios en nuestro corazón, sabemos que Él es quien lucha por nosotros. Que, como papá, nos brinda su apoyo para siempre. Claro, podría haber incertidumbres de las situaciones difíciles, pero también tenemos la seguridad que no estamos solos y que todos los días nos fortaleceremos con su amor. Todos los días el Señor nos recordará nuestro poder que tenemos en Él.

 

Finalmente, cuando decidimos entregarle nuestro corazón a Jesús, nos encontramos con el padre que nos estaba buscando. En ese momento, fuimos tocados por Su gloria, y fortalecido por Su espíritu. Si bien, hasta ese momento el amor terrenal había tocado nuestro animo, nunca pudo sanarnos, salvarnos o bendecirnos como lo hizo el amor de Dios. Aquel día cuando Cristo vino a nuestro corazón, se quedó a vivir en el mejor lugar del universo; ese fue el mejor momento donde nos hizo experimentar el amor en todo su esplendor por primera vez.