Una pregunta muy común que las personas se hacen a sí mismas durante sus primeros pasos como hijos de Dios es, si Dios me ama, ¿cómo puedo ser recíproco y demostrar mi amor por él?  Esta es una gran pregunta, porque reconoce que el amor de Dios en nosotros nos hace sensibles hacia una relación de amor recíproco.

En primer lugar, Juan 3:16 es probablemente la descripción más compacta del amor de Dios que puede encontrarse en la Biblia:  Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.

Este verso muestra que el más grande acto de amor por parte de Dios fue darnos a Jesucristo. Cuando alguien que nos ama hace un gran esfuerzo para darnos un regalo especial, le mostramos nuestro amor atesorando dicho regalo. Primero recibimos el obsequio, luego lo apreciamos, lo utilizamos, lo valoramos y lo agradecemos siempre.

Usando esta idea, podemos entender que amamos de manera recíproca a Dios cuando atesoramos a Jesús en nuestro corazón y lo amamos más que nada o cualquier otra persona. Esto significa, que lo reconocemos como lo principal y como aquel que se hace cargo de nuestra vida. Prácticamente es reconocer que lo necesitamos y que es la respuesta a todas nuestras necesidades.

Por lo tanto, la respuesta a la pregunta planteada, está relacionada con determinar que Jesús tendrá el lugar más alto en nuestros afectos. A medida que él se apodera de nuestros corazones, nuestro amor por él crece, y provoca un estado continuo de gratitud que brota de nuestros corazones hacia Dios. Todo esto sucede en nuestro interior, afectando nuestros deseos y emociones, sin embargo, cuando realmente amamos a alguien, ese amor se muestra exteriormente.

Finalmente, la primera de las tres cartas que escribió el apóstol Juan describe algunas de las formas externas en las que demostramos nuestro amor por Dios.

• Tenemos un deseo cada vez mayor de estar conectados con los demáss. (1 Juan 1: 7). Cuanto más atesoremos a Jesús, vamos a querer pasar más tiempo con la gente, sobre todo, con aquellos que no lo conocen. 

• Tenemos un amor cada vez más activo. (1 Juan 4: 7). Cuanto más sabemos del amor de Dios, más queremos compartirlo. Cuanto más veamos lo mucho que Dios ha hecho para amarnos, más nos esforzamos para compartir ese amor a otras personas.

• Tenemos una confianza creciente en la oración. (Juan 5:14). Cuanto más experimentamos del amor de Dios, más estaremos seguros de que él nos escucha y nos responde cuando oramos.

El maravilloso amor de Dios es algo que se ofrece a todos, sin excepción, pero amarlo de manera recíproca es una decisión personal. Qué en este día podamos mostrar a externamente que él es nuestro amado y de alguna forma práctica dar de vuelta lo que el amor que él nos dio primero.