Por Luis David Meneses 

Los días especiales para reunirse: un cumpleaños, un aniversario, la navidad, el año nuevo, no son días felices para todos, especialmente si nos encontramos solos. Mientras que el resto del mundo se concentra en celebraciones y espera dar carpetazo a los infortunios de la crisis en la que vivimos, parece que la soledad se expande en nuestra casa, en nuestro cuarto, incluso en la oficina de nuestro trabajo o en la calle por la que andamos a diario. Al parecer, en nuestros momentos de soledad lo único que tenemos es espacio. Espacio y tiempo. Es por esto que suelen incomodarnos las ausencias: porque el espacio sin compañía parece enorme y el tiempo avanza con desesperante lentitud. Pero es en ese espacio donde la oración nos prepara para reflexionar y revalorar nuestra posición en las situaciones que enfrentamos. 

Si la soledad nos ataca en los peores momentos, la oración es un arma eficaz para hacerle frente. No solamente nos conecta con lo eterno, sino que nos conecta con lo interno. Los grandes encuentros que Dios ha tenido con la humanidad han sucedido cuando alguien se encuentra en soledad. Recordemos su encuentro con Abraham afuera de la carpa; la entrevista con Moisés desde la zarza ardiendo; la adopción de Rut como parte del libaje escogido; el consuelo para David en la cueva de Adulam; la promesa para Ester mientras avanzaba hacia la cámara real; el llamamiento de María antes de su matrimonio con José. Cada uno de ellos experimentó la cercanía con el creador del universo, y al mismo tiempo supieron atender lo que dicho encuentro había revelado en sus propios corazones.  

Por estas razones, hemos decidido ofrecerte aquí una serie de recomendaciones acerca de cómo puedes orar durante esos momentos en que la soledad parece no tener fin: 

1. Exprésale tu sentir a Dios 

Si alguna vez te has puesto sincero con tus amigos o familia, sabrás que decir la verdad y nada más que la verdad puede provocar problemas en nuestras relaciones interpersonales. Sin embargo, con Dios no sucede así. De hecho, las conversaciones más sinceras con Dios hechas por hombres y mujeres en sus peores momentos de soledad han sacado a relucir el propósito de Dios para sus vidas. No sin antes, claro está, haberle reclamado a Dios un buen par de cosas. 

Si quieres saber más, puedes leer: 1 Samuel 1:9-18; Génesis 15; Hechos 9:10-19.

2. Escucha la respuesta de Dios  

Muchas veces, cuando nos encontramos solos, le preguntamos a Dios el por qué. También le preguntamos por qué nos pasan cosas malas, o por qué se han cebado todos los proyectos que hemos emprendido. Solemos atacarlo con preguntas y preguntas; pero no siempre estamos dispuestos a escucharlo. Muchas veces, en nuestros tiempos de soledad, la falta de alguien con quien hablar nos hace más sensibles a la voz de Dios, que se comunica con nosotros de las maneras más insospechadas. 

Para recordar algunas maneras extravagantes en las que Dios le habló a alguien solitario, puedes leer: Números 22:21-36; Génesis 24:12-27; Jueces 6:33-40. 

3. Medita en la palabra de Dios

Cuando Dios provee respuestas a nuestras situaciones, la soledad es un buen espacio para meditar en ello. Busca un espacio para estar a solas con Dios; un espacio en donde puedas hablar con toda sinceridad, en voz alta. No necesariamente tiene que ser un espacio cerrado. Abraham, por ejemplo, solía estar a solas con Dios afuera de su carpa; David, en el campo mientras pastoreaba los rebaños de su padre; Deborah, bajo una palmera. Para saber más de estas historias, puedes leer: Génesis 12, 18; 1 Samuel ; Jueces 4. 

4. Actúa con fe en Jesús

En medio de la soledad, Jesús nos llama a la acción. Así lo hizo con Mateo, y lo hizo con Pedro, cuando los llamó al ministerio. Así lo hace contigo y conmigo cada día. Y nuestra acción comienza con la voluntad para comunicarnos con él. Es decir, no tenemos un Dios que se mantenga lejano a nosotros en medio de las situaciones complicadas de nuestra vida, sino uno que camina a nuestro lado, y que nos guarda en cada circunstancia. Si entendemos que nuestra oración es, primordialmente, un acto de comunicación con Dios, y que él siempre la responde, entonces entenderemos que en realidad nunca hemos estado solos.