Quienes practican la natación saben que no hay nada más reconfortante que dar una bocanada de aire después de haber agotado las fuerzas braceando para romper la resistencia del agua. Algo semejante sucede en nuestra vida de fe cuando experimentamos el poder de la resurrección. No importa cuánto hayamos batallado por mantener firme nuestra fe frente al embate de la enfermedad, el desánimo, el miedo y el pecado, podemos estar seguros de que el Espíritu que da vida nos llenará de nuevo de fuerza y poder para vencer toda la resistencia que nos presenta el mundo. 

El poder de la resurrección es una expresión de la naturaleza divina que nos confirma el amor que Dios tiene por la humanidad; puesto que es mediante este poder que Jesucristo fue levantado de la muerte por la acción del Espíritu. Esta declaración, fundamental para nuestra fe, lo pone todo en perspectiva: la capacidad que Dios tiene para darnos salvación, su voluntad para librarnos del pecado y de la muerte, y la autoridad que nos ha sido conferida para ejercerla. 

Pero los creyentes muchas veces nos vemos distraídos del alcance de este poder por las circunstancias que vivimos. El temor o el desánimo que nos ciegan nos hacen olvidar lo importante. Ensimismados en los problemas, nuestro ánimo comienza a decaer y nuestra fe comienza a ser atacada por las dudas. ¿Y que tal si Dios no me está escuchando?, o ¿Que tal si ya fui olvidado por Él? O incluso nos preguntamos si en verdad nuestra fe puede mover la montaña que está frente a nosotros. 

Ante estos cuestionamientos, que muchos de nosotros hemos tenido, y que son expresión de nuestra naturaleza humana, podemos responder con las verdades que hemos aprendido de La Palabra. Entenderemos entonces que el Espíritu que da vida nos ha librado del poder del pecado.

Y también avivaremos la fe cuando recordemos que no estamos dominados por nuestra naturaleza pecaminosa sino por el Espíritu de Cristo, y este espíritu no nos esclaviza al miedo, sino que nos liga a Dios como hijos que están ligados al Padre, tal como lo ha explicado el apóstol Pablo en su carta a los Romanos.

De modo que, encontrando el fundamento de La Palabra, aprenderemos que tenemos acceso ilimitado al poder que Cristo ha depositado en nosotros. Este poder nos ha sido dado para librarnos del poder del pecado(Romanos 8:2); para vivificar nuestros cuerpos mortales (Romanos 8:11), es decir, traer sanidad y fuerza en sentido físico y material; para confirmarnos que somos hijos de Dios (Romanos 8:16); para liberar a la creación del poder de la muerte (Romanos 8:21); para ayudarnos en nuestra debilidad (Romanos 8:26) y para darnos la victoria absoluta (Romanos 8:37) sobe cualquier circunstancia. 

Así que no podrá faltarnos nada a quienes estamos en Cristo. Y nada podrá dañarnos porque estamos en Cristo. No hay ningún poder que pueda separarnos del amor de Dios, porque el poder de la resurrección es la más grande manifestación de ese amor, y ese poder reside en nosotros, los que estamos en Cristo.

Por Luis David Meneses