La presente reflexión está basada en el libro de Samuel capítulo 1. Este pasaje hace referencia a una mujer de fe, que en medio de la adversidad, oró a Dios y el resultado de su oración trajo como respuesta la concepción y nacimiento de uno de los más grandes profetas que dirigió a la nación de Israel: Samuel.

Ana cuyo nombre proviene del hebrero “Hanah” significa gracia, estaba casada con Elcana un hombre levita, de la tribu de Efraín; que cada año iba a la ciudad de Silo, donde era el centro de adoración de la nación de Israel, para presentar ofrendas y sacrificios a Dios. Elcana tenía dos mujeres Ana y Penina, y dice la escritura que amaba mucho a Ana, aunque Ana no había podido darle hijos como Penina su segunda esposa, quien aprovechando esta situación atormentaba a Ana por su esterilidad.

La esterilidad se consideraba un motivo de gran deshonra y vergüenza. Para Ana este periodo de dolor terminaría cuando Dios le diera un hijo. A Ana se le hubiese hecho más fácil sobrellevar su dolor si no fuera por Penina. Podemos suponer que Ana ya llevaba mucho tiempo soportando esta situación al grado que se le iba el hambre, se irritaba, estaba triste y lloraba debido a la aflicción provocada por el acoso de Penina. Posiblemente Ana venía orando a Dios años atrás, y no había obtenido respuesta, lo que la orilló para que en uno de los viajes a la Ciudad de Silo tomara una decisión y se determinara.

En esta ocasión dice en los versículos 10 al 18 que Ana se presentó en el templo y con amargura de alma lloró abundantemente y le hizo una promesa a Dios: “SEÑOR Todopoderoso, mira lo triste que estoy. ¡Acuérdate de mí! No me olvides. Si me concedes un hijo, te lo entregaré a ti. Será un nazareo: no beberá vino ni bebidas embriagantes,[c] y nunca se cortará el cabello»” y Ana oró a Dios durante un largo rato y el sacerdote Eli, que estaba junto a uno de los pilares del templo pensó que Ana estaba borracha pues solo movía los labios diciéndole es hora de guardar el vino, y Ana le respondió: “no he tomado vino ni cerveza, estoy muy afligida, le estaba contando mis problemas al Señor”. A lo que Elí le contestó “ve en paz, Que el Dios de Israel te de lo que pediste” y dice que Ana “emprendió su camino, comió y no estuvo más triste”. 

Ana mostró ser una mujer sumisa a su esposo, piadosa, de una gran fe, de oración ferviente, persistente, que confiaba en Dios y en su poder, tenía dominio propio, pues a pesar de las burlas ella iba con Dios, no fue a quejarse con su esposo, su devoción espiritual era de una mujer que amaba a Dios, se acercaba a Él con un corazón sincero y determinado, dispuesta a cumplir lo que a Dios le había prometido (Eclesiastés 5:4-5 PDT), fue una mujer firme y de compromiso.  

Que como Ana seamos perseverantes en la oración, que así como creyó a la palabra del sacerdote Elí, confiemos en las promesas de Dios y tomemos la actitud correcta, ella comió y no estuvo más triste aunque seguramente la opresión continuo hasta que concibió y Dios a Luz. Pero también que estemos dispuestos a cumplir las promesas que a Dios hacemos.

 

Por Sergio Velázquez