Quizás te encuentras en un momento de tu vida en el que no sabes qué creer; como si las situaciones que estás viviendo y las decepciones por las que has pasado estuviesen confirmando lo que ya temías hace tiempo: no hay hacia dónde voltear, ni a quien recurrir, porque nadie ha venido en tu ayuda. Temes que nadie vendrá. Poco a poco has llegado al punto en el que te dices a ti mismo: no tengo fe. 

En tiempos así solemos buscar hasta debajo de las piedras las señales que nos ayuden a resistir un poco más; abrimos en nuestro corazón la última oportunidad para que el cielo intervenga y nos confirme que hay un Dios; recurrimos a las fórmulas y los rituales conocidos por un poco de esperanza. Y muchas veces todo esto fracasa. No tengo fe, te repites. 

A veces percibes el resultado de la fe de otros y piensas que algo debe estar mal contigo. ¿Por qué ellos sí reciben una respuesta y yo no? ¿Será que se engañan a sí mismos y todo es obra de la casualidad? A veces te convences de que esto último es cierto y prefieres voltear hacia otro lado. No tengo fe, le dices a otros.  

En este momento te pregunto: ¿en realidad no tienes fe?, ¿o simplemente no te acomodan las formas en las que otros practican la fe? Si puedes confiar en que de verdad sucederá lo que esperas, entonces tienes algo de fe. Algunos tienen fe en sí mismos, otros tienen fe en la ciencia, o en los gobiernos; hay, incluso, quienes tienen fe en que todo saldrá mal. Todos tenemos fe, y a todos nos mueve la fe; pero a veces gastamos mucho de esta fuerza enfocándola en resultados negativos, porque es más fácil perdernos en nuestros errores que celebrar nuestros logros; porque cada proyecto exitoso es resultado de muchos errores que tuvieron que ser corregidos. 

Ahora te propongo algo: cambiemos el enfoque con el que se valora la fe. Así como el éxito no se mide sólo por la gloria alcanzada en la cima, la fe no se mide sólo por las respuestas favorables obtenidas a las peticiones hechas; la fe tampoco se mide por las opiniones de otros o lo que alguien más reciba; y mucho menos por el temor de que la maldad acabe con nosotros o nuestros proyectos de vida. 

Pero vayamos un poco más allá: cambiemos el objeto de la fe. Quizás ponerla en ti mismo ha sido útil para algunas situaciones; para otras, la fe en la ciencia; incluso para algunas, la fe en los gobiernos. Pero una fe que puede crecer aún a pesar de la adversidad es la que ponemos en Dios; por el simple hecho de que todo lo demás es pasajero, y se acaba, pero Dios permanece. Si antes el Dios de la tradición o de los rituales defraudó tus expectativas, ¿qué te parece comenzar la búsqueda de un Dios en quien puedas depositar tu confianza? Alejado de atavismos, tradiciones viejas o rituales inútiles, Él está buscando la forma de atraerte hacia su corazón diciendo: “No tengas miedo, confía en mí. Yo tengo para ti un futuro y una esperanza.”  

 

LDMH