Por Luis D. Meneses

Ya sea que busquemos un sabio consejo, una opinión con algo de sentido común, un chascarrillo que nos alegre el día, o que nos empujen a hacer aquello que sabemos que debemos hacer, todos necesitamos un amigo. 

Pero las amistades son curiosas: hay tiempos en los que parecen estar hasta debajo de las piedras, y en ocasiones todas parecen esfumarse. 

Quizás por esta razón la humanidad no ha dejado de preguntarse, al menos por los últimos 25 siglos, qué es un amigo. Los textos de la antigüedad abordaron el problema, y aunque encontramos algunas buenas ideas en Platón o en los Proverbios, la duda ha persistido hasta nuestros días: ¿qué es un amigo? 

Estoy seguro que, mucho más allá de cualquier definición filosófica o histórica de la amistad, cada uno de nosotros tiene historias que ejemplifican la definición de amistad. Por esta ocasión permítanme contarles dos de las mías: 

Cuando estuve en la preparatoria tuve un gran amigo con quien comencé a llevarme porque éramos prácticamente vecinos. Vivíamos a un par de cuadras el uno del otro, estábamos inscritos en el mismo salón. Y no solo eso, también éramos vecinos en la lista de asistencia y los profesores decidieron también hacernos vecinos de banca. Ninguno de los dos tenía automóvil, así que todos los días coincidíamos en el autobús de regreso a casa. Él era muy extrovertido y yo demasiado tímido. Así que la amistad no tardó mucho en nacer. Él hablaba y yo escuchaba divertido. Con el paso de los años fuimos tomando decisiones que nos alejaron el uno del otro y ahora casi ni nos reconoceríamos si estuviésemos frente a frente. Sin embargo, la amistad existió y persiste en el recuerdo. 

Años después, cuando estudiaba el doctorado, encontré otro amigo por casualidad. Me habían invitado a predicar a un campamento de jóvenes (última oportunidad de mi debut y despedida) y todos viajaríamos por tres horas en un autobús hacia un lugar perdido de Querétaro. Los líderes de jóvenes ocuparon los primeros asientos del lado derecho. En ese entonces yo estaba soltero y no llevaba a nadie que me acompañara en el viaje por lo que me tocaría sentarme con alguien desconocido. Cuando abordé me senté en el primer asiento a la izquierda del pasillo, junto a un joven de mi edad. Nos presentamos y comenzamos a conversar. Media hora después empecé a sentir que mis anfitriones nos miraban extrañados. Una hora después cuchicheaban entre sí mientras nosotros seguíamos departiendo alegremente acerca de Dios, la vida, el universo, los comics y todo lo demás. Dos horas después el cuchicheo se había convertido en asombro y risas. Y para cuando llegamos a nuestro destino, no tuvieron nada más que decir que si fuésemos hombre y mujer ya sabrían que éramos el uno para el otro. 

Quizás estas historias no parezcan muy relevantes, ¡y sin embargo lo son para mí! Cuentan la culminación de sendos viajes de descubrimiento de lo que significa ser amigo. A través de la primera amistad recibí la gran lección de que algunos amigos son pasajeros. Están en nuestras vidas por una temporada, quizás para enseñarnos algo, o para hacernos sentir más fuertes o mejor acompañados; pero eventualmente se alejan de nuestro camino y sólo nos queda su recuerdo. 

Por medio de la segunda historia comprendí que hay amistades instantáneas que parecen haber estado ahí contigo toda la vida. También me ayudó a ver que, a pesar de que en la edad adulta nos volvemos mucho más exigentes y selectivos, no es imposible crear nuevas amistades. 

Ambas historias, y otras más que sería imposible relatar aquí, me enseñaron que la amistad es un vínculo que se forja mediante la confianza prolongada en el tiempo. Ese vínculo puede ser inmediato o puede ir creciendo poco a poco. Pero un amigo lo establece y lo cuida; porque un amigo es, sobre todo leal. Tal como lo dice el proverbio: 

"En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia" (Pr. 17:17 RV1960)

Entendamos que en este pasaje la frase "en todo tiempo" no es equivalente a "siempre". La primera se refiere a que hay una temporalidad para la amistad; que puede darse por estaciones, o en periodos; que es dinámica porque involucra dos voluntades. Es por eso que al traductor no le ha parecido conveniente sustituirla con un "siempre", que indicaría una permanencia estática, ajena al cambio de las estaciones de la vida, y por lo tanto inmovil; características que, en definitiva, no son compartidas por el concepto de amistad.

El pasaje tiene, en cambio, un destino al que apuntar nuestras relaciones de amistad: a que lleguemos a ser como hermanos en los tiempos de angustia de nuestros amigos. Que seamos leales y tengamos un consejo, una perspectiva diferente de la crisis, o incluso un poco de sentido común y un momento de risas que nos empujen a hacer aquello que debemos hacer pero no habíamos podido lograr por miedo o incertidumbre.

 Así que, la próxima vez que se pregunten, ¿qué es un amigo?, dense un tiempo para recordar sus propias historias. Páselas por el tamiz del pequeño proverbio que hemos referido aquí, y verá cuánto ha aprendido acerca de ser amigo mientras estaba cumpliendo precisamente esa función para alguien más.