Por Luis David Meneses

Quizás has escuchado a muchos decir que después de la pandemia tendremos que empezar de cero; ya sea porque perdieron el trabajo debido al paro de labores, o porque perdieron la familia en el encierro.

A muchos les produce terror la sola idea. A otros les causa indiferencia porque creen que tienen el trabajo asegurado, o la salud férrea, o a la familia perfecta. Lo cierto es que no podemos dar nada por sentado. Incluso si tenemos condiciones perfectas en nuestra vida, las circunstancias pueden dar un giro de ciento ochenta grados de la noche a la mañana. 

Así le sucedió a Jacob, hijo de Isaac, uno de los patriarcas judíos que recibieron esta promesa de Dios: “te bendeciré y haré de ti una gran nación”. Jacob era el hijo favorito de su madre, el gemelo menor en un parto de mellizos; pero debido a que él era el segundo hijo, la bendición de la primogenitura no le correspondía. Claro que, según lo cuenta la Biblia en Génesis 25, la profecía decía que el mayor serviría al menor.

Podríamos pensar que las condiciones en las que Jacob obtuvo el derecho a la primogenitura no fueron óptimas, pero lo cierto es que vinculó legalmente a su hermano mayor, Esaú. Y acabó siendo bendecido por su padre. Pero esto trajo consecuencias. 

De la noche a la mañana, Jacob perdió todos sus privilegios, su estatus de hijo favorito, de hermano, de heredero, su lugar en la casa de su padre, y hasta sus más básicas posesiones como la ropa. Tuvo que salir huyendo mientras trataba de salvarse de un encolerizado hermano que quería verlo muerto. En pocas palabras: Jacob tuvo que empezar de cero.

Se vio obligado a huir de su casa, vivir en la tierra de sus antepasados, en casa de su tío, como un extranjero. Tuvo que trabajar horas extra y jornadas dobles para comenzar a formar un patrimonio, y sólo después de muchos años (por lo menos 14), pudo pensar en volver a casa de su padre para tomar la primogenitura que había comprado de boca de su hermano mayor. 

Pero, ¿qué fue lo que hizo que Jacob pudiera empezar de cero, y que llegara a ser un hombre exitoso. La clave fue que tuvo un encuentro con Dios al inicio de su viaje, y el relato de dicho encuentro se halla en Génesis 28:10-22.

En el momento de máximo cansancio y de mayor desesperación, Dios se hizo presente en la vida de Jacob. Aquel fue un momento crucial para el patriarca, un momento que definiría el rumbo de su viaje. Y es también un momento del que podemos aprender algunas verdades prácticas para nuestra vida: 

  1. Dios se revela a sus hijos en el momento de mayor necesidad. Tal como lo hizo con Jacob, si tú estás empezando de nuevo, es muy probable que Dios ya se haya revelado a tu vida, o que lo esté haciendo en el instante mismo en que lees estas palabras. 
  2.   Dios se revela a sus hijos para entregarles una promesa. Muchos se concentran en el hecho de que Jacob vio ángeles en su sueño, pero lo que en verdad nos importa es que Jacob usó esa escalera por la que subían y bajaban para recibir un mensaje de Dios: la promesa de que en él y en su descendencia se cumpliría lo que Dios le había prometido a Abraham, su abuelo, y a Isaac, su padre. En tu caso, en nuestro caso, Dios puede estar recordándote una palabra o una promesa que hayas recibido antes de este tiempo: ¡aférrate a ella, tal como Jacob se aferró a lo prometido por Dios!
  3. Dios se revela a sus hijos para hacer un pacto con ellos. Este pacto, tal como lo hizo con Jacob, lo vincula legalmente con nosotros, lo compromete a cumplir su palabra. Y a ti y a mí nos compromete a seguir su palabra, a cumplir sus mandamientos y a andar en sus caminos. 

Así que la próxima vez que escuchemos a otros decir que tendremos que empezar de cero, tomemos las riendas de nuestras emociones, desechemos todos nuestros temores y mantengamos la confianza en que Dios nos ha prometido que estará con nosotros siempre.